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No es amor es deseo – Crítica
Las mujeres a la conquista del deseo. Espectáculo teatral en formato tríptico con autoría de Sandra Franzen y Patricia Suárez, dirigido por Sandra Franzen, Herminia Jensezian y María Laura Laspiur con notables actuaciones. Crítica de Nicolás Manservigi
 
 
 

Quizás sea una de las propuestas teatrales más novedosas respecto a su formato; es que No es amor es deseo esconde bajo un título inquietante la conjunción de tres episodios, obras o capítulos que forman parte de una gran incógnita: el rol de la mujer como ser deseante.  

Una obra que está planteada en tres episodios no podía ubicarse en cualquier lugar; por eso Tadrón Teatro es el marco ideal para sostener a una pieza que requiere de un desmenuzamiento y maratón de varias horas para poder ser comprendida en todo su sentido -aunque esto no es una condición- ya que los episodios tienen vida propia, pero comparten detalles que sorprenden al espectador que arriesga y va por más cuando decide ahondar en una gran historia contada por mujeres de distintas épocas.

“El corazón del incauto” (Episodio I, estrenada en 2014 por Alejandro Ullúa) es la pieza original que da lugar a los nuevos capítulos. Dirigida esta vez por Sandra Franzen (una de sus autoras) se ubica en La Pampa gringa de 1925 y es la introducción a un universo fascinante donde se puede ver con claridad el rol de la mujer, los mandatos y también los prejuicios que atraviesan a una época con verdades difíciles de interpretar. Sin embargo la actriz Anahí Gadda -como una mujer casi masculina en su fuerza y actitud contestataria- logra llevar a su personaje por una emocionalidad honda y dispuesta a vencer cualquier obstáculo. La otra parte de la relación matrimonial está a cargo del actor Nicolás Barsoff quien compone a un marido por momentos acorde a lo que se espera de un hombre y por otros con una ternura conmovedora debido a un conflicto que lo atraviesa de manera irrefrenable, logrando mediante movimientos finos, convencer que es otra persona; quizás la que lleva adentro y no deja salir. Es necesario destacar el rol de Diego Cassere dentro de esta pieza ya que su personaje es disruptivo y clave en la resolución. También elaborado desde lo físico, el modismo a la hora de hablar e incluso con el corazón abierto de par en par se ubica al lado de Gadda y Barsoff como intérpretes de alto nivel; por ello los tres actores logran llegar al final de la historia con sus emociones gastadas; quebradas, incómodas y luminosas tal como el texto los necesita.

“El despertar de la ingenua” (episodio II) es dirigido por Herminia Jensezian y transcurre en París a principios de siglo con todos los condimentos que componen una imagen típica parisina; los cafés, los prostíbulos, las relaciones de a tres que devela una sexualidad libre pero sólo a escondidas. Una mujer es redimida por un hombre millonario, pero es un matrimonio insípido que necesita siempre algo extra para poder continuar; sean lujos o incluso la presencia de otra mujer. Este episodio es claramente el más cercano a lo explícito del deseo presente de forma contundente en los tres personajes. La actuación de Daniel Dibiase como un hombre esencialmente lujurioso es correcta, aunque por momentos cae en lugares comunes en su interpretación, en su forma de decir algunas frases y sus manierismos. No así su mirada, siempre conectada a las mujeres y a los objetos que elige tocar. Buena presencia y dicción. Por su parte Renata Marrone compone a una sirvienta que va creciendo a lo largo de la historia, pero que no logra el cambio de actitud cuando su “Marta Ortiz” lo requiere ya que ha evolucionado. En los pasajes más dramáticos se observa buena intención, colocación de la voz, su manera de mirar e incluso sus respiraciones, no así en los momentos cantados o de baile, denota incomodidad. Destaco la actuación de Victoria Reyes Benz como una mujer que sufre a costa de llevar a cabo su deseo. Muy buen manejo corporal e integración de la discapacidad de su personaje en una de sus piernas hasta llevarlo a una zona de absoluta naturalidad. En su actuación se ven claramente distintos estadios en el abordaje de su rol, empezando seductora, confiada, autoritaria para terminar en un cuadro humillante plagado de angustia e incertidumbre.

“La tentación de Marta Ortiz” (episodio III) con dirección de María Laura Laspiur  se sitúa en una Buenos Aires de 1950 y es la gran conclusión de “No es amor es deseo” ya que aparecen dos personajes del primer y segundo episodio respectivamente. “La tentación...” es drama pero también sainete. En esta porción de la historia regresa “Doña María” de “El corazón del incauto” pero ya en su vejez interpretada magistralmente por Mónica Felippa quien logra unificarse a la forma de hablar que propone Anahí Gadda en su versión joven. Felippa continúa esa línea rebelde de su personaje y la potencia con humor, algo que antes no se vió. Por su parte Mathias Carnaghi muestra matices de su personaje muy disímiles entre sí; parte componiendo un vago que parece inocente hasta mutar a un tipo sin escrúpulos, bastante hipócrita. Estos cambios se ven en su voz y en toda su corporalidad. También cabe destacar la actuación de Laura Castillo como “Marta Ortiz” de presencia impecable y una voz cercana a la locución, suave pero firme. Los tres actores se posan firmes sobre el escenario haciendo que sus personajes se eleven en palabras y acciones que llevan hacia un final sorprendentemente trágico.

El diseño en general de esta obra en tres episodios es también lo que la hace particular; la escenografía a cargo de Tadrón delinea con exactitud las tres épocas, como así también el aporte de Alejandro Mateo en vestuario. Hay una composición lumínica (Herminia Jensezian) y sonora (Florencia Albarracín) que potencia las historias, y esto de debe también a la coordinación de visión artística (Charly Arzulian) que como una especie de continuista -si de cine habláramos- presta atención a que los detalles que deban traspasar de una historia a otra se mantengan e incluso el tono de las actuaciones entre sí. El cuidado del producto tanto en sus gráficas como en sus fotografías (Russarabian, Andrés Kevorkian) ofrecen una estética digna de telenovela mexicana o un thriller dramático.

No es amor es deseo apuesta al teatro artesanal, eleva con su texto y emociona con las actuaciones.

 

Nicolás Manservigi
3.agosto.2018

 
 
 
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